Capítulo Noventa y Dos

El bebé era pequeño y cálido, y Valentina llevaba veinte minutos sosteniéndolo sin notar cómo pasaba el tiempo.

Era un buen bebé: tranquilo, contento, de esos que no protestan cuando los sostiene alguien nuevo. Valentina tenía un brazo bajo su pequeño cuerpo y la mano ahuecada en la parte posterior de su cabeza, mirando los dedos increíblemente diminutos, cuando entró la hermana de Marco.

—¿Cómo está? —preguntó. Se refería al bebé. Valentina sospechó que también se refería a algo más amplio.

—E
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