Me quedé sentada en la cama durante horas, pensando en qué debía hacer. Serafina y las otras dos mujeres estaban encerradas bajo mi propia casa. Y Luca, mi esposo a quien amaba, era quien las había encerrado.
—¿Cómo pudo pasar esto? —susurré para mis adentros.
El sol ya se había puesto por completo cuando escuché el coche entrar en el jardín de la mansión. Pasos pesados recorrieron el pasillo, y enseguida me acosté en la cama, cerré los ojos y fingí estar dormida.
La puerta de la habitación se