Me senté en un rincón de la habitación fría y húmeda, temblando aunque no tenía frío. Era miedo. Miré el cuerpo del Dr. Mario, aún tendido en el suelo, sin moverse. No pude salvarlo. Fallé. Y esa sensación de fracaso me atormentaba más que el miedo a la muerte.
De repente, la puerta del almacén se abrió con un chirrido. Alguien entró con paso firme, seguido de varios hombres armados. Caminó hacia mí y pude ver sus ojos afilados tras el pasamontañas que cubría su rostro. Se detuvo frente a mí, m