Me senté en un rincón de la habitación fría, con la espalda apoyada en la pared de ladrillo áspera y húmeda. Mi estómago rugía con fuerza, recordándome que no había comido desde la mañana. Había perdido la noción del tiempo; no sabía cuántas horas llevaba allí, atrapada en la oscuridad iluminada solo por una tenue luz en un rincón del almacén.
La puerta del almacén se abrió con el chirrido que ya me resultaba familiar. El hombre entró de nuevo, con el mismo paso tranquilo, una leve sonrisa en l