Me sobresalté. Los disparos fueron muy claros, muy reales y muy cercanos. Miré hacia la puerta principal del hospital y vi entrar a un grupo de hombres armados con paso firme. Vestían de negro, tenían los rostros parcialmente cubiertos con pasamontañas y sus armas apuntaban a cualquiera que osara moverse.
—¡Tutti a terra! ¡Subito! —gritó uno de ellos en italiano.
Todos se arrodillaron o se tiraron al suelo de inmediato, incluida yo. Sentí el corazón latir con fuerza, el pecho oprimido y la ment