Dos horas se sintieron como dos siglos. Estaba sentada junto al padre de Luca, sin apartar la vista del monitor cardíaco que parpadeaba con un ritmo inestable.
Cada vez que su corazón se ralentizaba o se aceleraba, reaccionaba de inmediato, ajustando la dosis de medicamentos, revisando su presión arterial, asegurándome de que sus vías respiratorias estuvieran despejadas. Trabajaba con calma y precisión, pero por dentro, una tormenta rugía.
El padre de Luca seguía en coma. Su rostro estaba pálid