Una mano se posó sobre mi hombro y lo apretó con suavidad. Alcé la vista y encontré a Enzo mirándome con algo que podría haber sido compasión.
Casi sonreí ante su expresión. Y pensar que creía que apoyaba por completo las tendencias narcisistas de Giovanni.
—No te preocupes —dijo con suavidad—. Solo… procura no hacerlo enfadar y todo irá bien.
Eso fue suficiente para romper la sensación que tenía en el pecho, y solté una risa burlona.
—Alguien debería decirle lo mismo a él —murmuré por lo bajo.