La Jaula Dorada

Seguí a Enzo fuera de la oficina, con mi firma aún ardiendo en ese contrato como una marca grabada en el alma.

—Oye —dijo Enzo, mirándome por encima del hombro mientras caminábamos por el pasillo interminable—. Sé que lo de ahí dentro fue duro, pero…

—¿Duro? —lo interrumpí—. Amenazó a mi hermana. Me obligó a firmar y a entregar toda mi vida, ¿y tú crees que “duro” lo resume?

La expresión juguetona de Enzo se desvaneció.

—Mira, lo entiendo. Gio puede ser… intenso. Pero no va a hacerle daño de verdad si tú…

—¿Si yo qué? ¿Obedezco como una buena prisionera? —reí con amargura, el sonido rebotando contra las paredes de mármol—. No me trates con condescendencia, Enzo.

Se detuvo y se giró para mirarme de frente. Por primera vez, la sonrisa fácil había desaparecido por completo.

—Tienes razón. Tal vez estuvo mal meter a tu hermana en esto, pero en este mundo no hay héroes, Arya. Solo sobrevivientes.

Bajó la voz.

—Y ahora mismo, firmar ese contrato es lo que mantiene con vida a tu hermana y a
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