Seguí a Enzo fuera de la oficina, con mi firma aún ardiendo en ese contrato como una marca grabada en el alma.
—Oye —dijo Enzo, mirándome por encima del hombro mientras caminábamos por el pasillo interminable—. Sé que lo de ahí dentro fue duro, pero…
—¿Duro? —lo interrumpí—. Amenazó a mi hermana. Me obligó a firmar y a entregar toda mi vida, ¿y tú crees que “duro” lo resume?
La expresión juguetona de Enzo se desvaneció.
—Mira, lo entiendo. Gio puede ser… intenso. Pero no va a hacerle daño de ve