Marcas del pasado
Marcas del pasado
Por: Choryah
Carlos Hernandes

"Si para ser perdonado hay que perdonar, entonces seré un hombre condenado."

Frente a la enorme ventana de la suite presidencial del Hotel Palace, Carlos Hernandes observaba cómo los autos se detenían uno tras otro en la entrada del evento.

Abajo, los flashes iluminaban la fachada del hotel mientras empresarios, políticos e inversionistas cruzaban la alfombra roja bajo la fina lluvia que empezaba a caer.

El reflejo de la ciudad brillaba sobre el vidrio frente a él. Habían pasado diez años, pero para Carlos parecía otra vida.

Detrás de él, Marcos permanecía en silencio, apoyado cerca de la puerta. La atmósfera pesada de la suite le incomodaba más de lo que quería admitir.

Carlos ajustó lentamente el reloj en su muñeca antes de dejar escapar una risa baja.

—Qué curioso es cómo funcionan las cosas…

Su voz sonó tranquila.

—Hace diez años ni siquiera habría podido entrar a este hotel por la puerta trasera.

Marcos se pasó una mano por la nuca, anticipando hacia dónde iba aquella conversación.

—Todavía puedes desistir de esto.

Carlos alzó una ceja lentamente, como si acabara de escuchar una estupidez.

—¿Desistir?

Entonces soltó una risa baja. Vacía de humor.

—¿Desistir?

Finalmente se dio la vuelta.

Sus ojos oscuros se encontraron con los de Marcos y, por un instante, pareció otra persona.

—Mientras todos ellos siguieron con sus vidas… yo tuve que sobrevivir a los pedazos de la mía… así que no me hables de desistir.

Marcos apartó la mirada sin saber qué responder.

Eso era exactamente lo que le preocupaba.

Carlos ya no parecía un hombre en busca de justicia.

Parecía alguien esperando la oportunidad perfecta para destruir a otra persona.

El celular vibró sobre la mesa de cristal, rompiendo el silencio de la suite.

Marcos tomó el teléfono rápidamente y leyó el mensaje sin decir nada. Su expresión cambió casi al instante, y la vacilación antes de hablar fue suficiente para llamar la atención de Carlos.

—Ella llegó.

Carlos extendió la mano.

En cuanto la foto apareció en la pantalla del teléfono, sus dedos se cerraron alrededor del aparato con fuerza. La mandíbula se le tensó ligeramente.

—Ana Miller…

El nombre salió en voz baja, cargado de una frialdad que hizo que un incómodo escalofrío recorriera la espalda de Marcos.

Carlos le devolvió el teléfono y acomodó el saco con calma, alisando la tela oscura como si solo se estuviera preparando para otra reunión cualquiera. Pero la leve sonrisa que apareció después fue suficiente para inquietar a Marcos.

—Vamos abajo. Después de todo… esta noche fue hecha para ella.

Volver a aquel país fue lo último que Ana quiso hacer.

Aun así, allí estaba, sentada en el asiento trasero del auto mientras observaba las luces de la ciudad deslizarse a través de la ventana empañada por la lluvia. Todo parecía demasiado familiar. Las calles, los edificios, el cielo oscuro antes de la tormenta.

Ana frotó discretamente sus dedos helados entre sí y desvió la mirada hacia su propio reflejo en el vidrio.

Habían pasado diez años.

Y aun así parecía ayer.

Cerró los ojos por un instante, intentando alejar la sensación desagradable que la acompañaba desde que el avión aterrizó. Tal vez solo era nerviosismo. O tal vez algunos recuerdos nunca desaparecen de verdad.

El celular vibró sobre su regazo.

Suspiró al ver el mensaje de su padre.

—Necesitas ir al evento esta noche.

Ana dejó caer la cabeza contra el asiento durante un segundo. Ni enfermo John Miller era capaz de olvidarse de los negocios.

Escribió rápidamente:

—Papá, acabo de llegar.

La respuesta apareció casi de inmediato.

—Carlos Hernandes estará allí.

Ana soltó el aire lentamente, agotada. Durante los últimos meses, aquel nombre parecía perseguirla.

Carlos Hernandes.

El empresario que convirtió una pequeña cadena de hoteles en un imperio millonario en menos de diez años. El hombre que todos querían cerca. Incluido su padre.

Desde que los hoteles Miller comenzaron a atravesar problemas financieros, John parecía obsesionado con la idea de conseguir una inversión de él.

Otro mensaje apareció en la pantalla.

—Necesitas llamar su atención.

Ana dejó escapar una pequeña risa incrédula.

Como si fuera tan fácil llamar la atención de alguien como Carlos Hernandes.

Guardó el celular en el bolso y volvió a mirar por la ventana. La lluvia arreciaba afuera, y las gotas resbalaban por el vidrio, distorsionando las luces de la ciudad.

Entonces llegó el dolor.

Una punzada intensa atravesó su cabeza tan rápido que Ana cerró los ojos al instante. Su cuerpo se tensó contra el asiento mientras un destello aparecía en su mente.

Faros intensos.

Lluvia.

Vidrios rompiéndose.

Y luego aquella voz.

—Ana… perdóname…

Su respiración falló.

Abrió los ojos bruscamente y llevó una mano a la frente mientras intentaba recuperar el aire.

—Maldición. Otra vez… —su voz salió cansada.

—Señorita, hemos llegado.

La voz del conductor la devolvió a la realidad.

Tardó unos segundos antes de responder:

—Gracias.

En cuanto salió del auto, Ana alzó la mirada hacia el Hotel Palace y sintió cómo el malestar aumentaba de inmediato.

El edificio parecía aún más grande en persona. Lujoso, imponente y frío. El tipo de lugar frecuentado por personas importantes y donde ella claramente no quería estar.

Apenas entró al salón principal, sintió cómo sus hombros se tensaban.

Los meseros circulaban entre los empresarios llevando bandejas de champaña.

Los flashes de las cámaras iluminaban el salón de vez en cuando, y Ana percibió varias miradas discretas dirigidas hacia ella casi de inmediato.

Apartó la mirada, fingiendo buscar a alguien conocido.

Detestaba ese tipo de ambientes.

Tomó una copa solo para mantener ocupadas sus manos inquietas y comenzó a caminar lentamente por el salón, hasta que escuchó a alguien comentar cerca de ella:

—Carlos Hernandes acaba de llegar.

Ana miró automáticamente hacia la entrada principal.

Y entonces lo vio.

Alto, elegante y sereno, Carlos cruzaba el salón rodeado por la élite empresarial como si ya esperara que todas las miradas estuvieran sobre él. Había algo frío en la manera en que se movía. Demasiado seguro. Demasiado controlado.

La gente se apartaba de forma natural a su paso.

Ana se dio cuenta demasiado tarde de que lo estaba observando fijamente.

Entonces los ojos de él encontraron los suyos.

Y permanecieron allí.

Su estómago se contrajo sin explicación mientras Carlos seguía mirándola directamente, avanzando entre las personas sin mostrar la menor prisa.

Como si ya la conociera.

El corazón de Ana se aceleró.

Ella nunca había visto a ese hombre antes, entonces… ¿por qué esa extraña sensación se negaba a desaparecer?

Desvió la mirada rápidamente, molesta consigo misma. Ridículo. Solo eran los nervios.

Cuando volvió a mirar, Carlos ya estaba más cerca.

Mucho más cerca.

Instintivamente enderezó la postura, intentando ocultar el creciente malestar mientras él se acercaba.

El perfume amaderado de Carlos llegó antes que su voz, y Ana se dio cuenta demasiado tarde de que había estado conteniendo la respiración.

Carlos se detuvo frente a ella, lo bastante cerca como para hacerla querer retroceder, aun sin entender la razón.

Los ojos oscuros de él recorrieron lentamente su rostro antes de encontrarse nuevamente con los suyos.

Entonces sonrió.

Y eso logró ponerla todavía más nerviosa.

—Señorita Miller…

La forma en que pronunció su apellido hizo que un escalofrío le recorriera lentamente la espalda.

—Tenía muchas ganas de conocerla…

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