En sus garras

Paso una mano por mi pelo mientras intento pensar con claridad. Para ganar una cantidad parecida tendría que soportar meses enteros de clientes insoportables, favores políticos y noches interminables dentro del burdel.

Pero algo en él me desarma,tal vez sus ojos,tal vez la manera en que parece observarme como si ya supiera cuál será mi respuesta,o tal vez estoy cansada de sobrevivir siempre al borde del abismo.

—Vamos, no hay tiempo para pensarlo así que…

—¿Por qué carajos un desconocido llega a regalarme dinero ?—nada de esto tiene la menor lógica.

—Ya sabrás ,no te lo voy a regalar...

Trago saliva y me concentro en sus músculos tensos bajo la camisa y en sus ojos caprichosos que no dejan de mirarme.

—Acepto —declaro, y no sé qué rayos estoy haciendo.

Él sonríe. Una risa de éxito, de triunfo.

—Bien, nos vamos —ordena, guarda el dinero en su maleta y se pone de pie.

—¿Qué… qué? ¿Ahora? No… yo…

—Vamos. Ni empaques. Todo lo que desees de ahora en adelante será cumplido.

Poso la mirada en mi escritorio y grito a Dorian. Junto a él llega Lyanna, quién se convirtió en mi mano derecha.

Sus ojos indiscretos se clavan en Magnus, quien permanece quieto.

Les explico lo poco que entiendo de la situación y, para mi sorpresa, ninguno intenta convencerme de quedarme.

Lyanna incluso sonríe,eso me preocupa más.

—Bien chicos, nos mantenemos en contacto para arreglarlo todo… nos vemos —balbuceo y tomo lo que puedo.

Magnus me sigue.

—No tardes —me advierte y se detiene en la recepción del burdel.

Subo rápidamente a mi habitación y preparo una maleta pequeña. Lo único que realmente me importa termina siendo la vieja peineta de jazmín que todavía conservo desde aquella noche.

Salimos a la carretera. Un auto muy lujoso me espera. No digo nada, solo me hundo en el asiento.

Quizá todo esto realmente sea solo un trato extraño,quizá por primera vez la vida intenta darme algo distinto al dolor.

Las calles desiertas me ahogan; prácticamente salimos fuera del pueblo. Me asusto un poco, pero ya es demasiado tarde.

Una mansión demasiado lujosa finaliza un angosto sendero.

Me recibe una señora amable, sonriente, pero cuando atravieso el umbral, mi corazón se tuerce.

Sobre el sofá elegante, unos ojos oscuros, una sonrisa siniestra, maquiavélica:Iblack.

No… no! —chillo y corro hacia la puerta.

—Alessara, tranquila —grita Magnus. Yo solo quiero desaparecer de la faz de la tierra.

Los empleados se amontonan en la sala para ver el show.

—¡Váyanse! —grita una voz grave, sacude el lugar, me hace temblar.

Todos obedecen y desaparecen.

—Cálmate, gatita —se burla Iblack.

Me giro y me recuesto a la puerta, aún con el cuerpo sacudiéndose.

No hay un alma, ni siquiera Magnus. Siento que el aire se me escapa y que todo a mi alrededor respira, menos yo.

Entonces él se acerca, su figura enorme se impone. Camina hacia mí y posa una mano sobre la puerta. Estoy literalmente entre la espada y la pared.

Su respiración agitada me detalla con desesperación.

—Tenemos un trato, no te voy a matar —dice, y mi corazón no se calma, se avienta con violencia contra mi pecho.

Trago saliva y un mareo leve me saca del mundo y me reincorpora otra vez.

—Tengo un trato con Magnus… él…

El hombre lanza una carcajada burlona.

—Eres una prostituta, ¿segura que vas a elegir? —se ríe. Me ofende, me hace sentir como basura.

Titubeo y mi pecho se encoge y siento la rabia mezclarse con la humillación.

—El trato es conmigo. Vivirás bajo mi techo por un año y te recompensaré bien, te lo aseguro —murmura, sus ojos me recorren sin vergüenza.

Un vapor extraño sacude mi estómago. Pero esta vez no siento miedo, sino curiosidad.

Entonces se retira y eleva la mano en el aire.

—¡Sígueme! Date prisa, no me gusta esperar —me ordena. Su tono endurecido me obliga a seguirle.

Llegamos a una pequeña oficina. Mis labios están sellados. Recorro el lugar con la vista y me siento de golpe.

—¿Qué edad tienes ya? —averigua, empujando unos papeles sobre su escritorio, ahogado en ellos.

—Veintisiete —digo, y él levanta la vista.

Escucho el sonido rancio de una gaveta.

—Estarás aquí por un año. Seguirás mis reglas o, si no, te mataré —me amenaza,sin rodeos 

Luego de decir que no lo haría, sus ojos malvados me hacen asentir.

Ladeo la cabeza e intento comprender de qué va todo esto.

—Si soy una prostituta, ¿por qué me elegiste? —lo enfrento.

Esta vez su mirada me sostiene por unos segundos.

—Por eso… eres fácil y desesperada. No te daré detalles —me desprecia, y estrella contra la mesa cinco fajos de dinero.

No puedo evitar dejar la vista en ellos.Porque necesito entender qué clase de vida vale eso.

—El resto será en seis meses y los otros diez cuando termine el año —me informa y saca unos papeles.

No digo nada. Todo me pasa factura.

—Firma aquí. Lee esta copia luego. Sigue mis reglas. ¿Sabes leer? —pregunta con una voz sarcástica que me irrita hasta el alma.

—Soy contadora… fue lo único que me dejó mi padre, mis estudios —me defiendo hirviendo de rabia.

Él se asombra, lo que me ofende más.

Le arrebato los documentos con violencia e intento averiguar de qué se trata.

—Firma… ya —me ordena, su voz sacude el lugar—. No me gusta esperar.

Mi mano sostiene el bolígrafo, y mi mente la tensión de que estoy sellando en este papel.

No por miedo solamente, sino por la sensación de estar cruzando algo irreversible.

Así que firmo y tomo con violencia las supuestas reglas que descansan al lado del contrato.

—Soy Corvin Iblack. La empleada te mostrará la habitación —dice sin alzar la vista, señalando la puerta con desdén.

Tuerzo las cejas y me despido con un portazo.

Fuera espera la misma señora de la puerta.

—Ven, cariño, te mostraré la habitación —me dice con voz muy amable.

—Pensé que Magnus… —averiguo, señalando a mis espaldas.

—¡Oh! El señor Halow salió. El senador lo hará después —me interrumpe, moviendo su cabello negro corto con naturalidad.

Me detengo en seco.

—¿Senador? —pregunto, mi voz se hunde.

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