El restaurante era uno de esos lugares que obligaban a la gente a bajar la voz en cuanto ponían un pie dentro. Todo en él susurraba riqueza: la tenue iluminación dorada, los suelos de mármol pulido y el tintineo discreto de las copas de cristal. Un jazz suave flotaba desde altavoces ocultos, mezclándose con el murmullo bajo de conversaciones entre personas que, claramente, tenían dinero de sobra para gastar.
Naya cruzó las puertas de cristal como si fuera la dueña del lugar. Su chaqueta de esta