La sede de la compañía Casagrande se alzaba sobre el distrito financiero como un monumento al poder. Dentro de la oficina del último piso, el aire era denso por la tensión.
Adriano Casagrande caminaba de un lado a otro detrás de su enorme escritorio de caoba; el taconeo de sus zapatos pulidos golpeaba el suelo de mármol con un sonido agudo e impaciente. En su mano sostenía una pila de documentos que ya había leído tres veces, pero las palabras seguían sin tener sentido para él.
Frente a él, Leo