El coche avanzaba suavemente por las calles, seguido de cerca por una caravana de todoterrenos negros. Nadine iba sentada en silencio en el asiento del copiloto, observando la ciudad pasar. Aún no sabía adónde la llevaba Adrian, y él se negaba a responder a sus preguntas.
Lo miró. —¿Por fin me vas a decir adónde vamos?
Adrian sonrió con picardía, pero mantuvo la vista fija en la carretera. —Espera un poco más.
Nadine suspiró, reclinándose en su asiento. Tenía que admitir que la incertidumbre la