Eran las ocho de la noche y a pesar de que me prometió llamarme cada cinco segundos, ni siquiera lo había hecho una vez, ni para desearme un feliz cumpleaños. Me sentía muy triste, a pesar de que Valerie me obsequió un lindo y delicioso pastel, que partiríamos en un rato, o que incluso mi mejor amigo me hubiese dado el mejor regalo de mi vida. Lo único que necesitaba para que mi día fuese perfecto, era escuchar la voz de Antoine. Solo él podía convertir un simple día en unos dulces dieciséis.
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