Al despertar, un terrible dolor de cabeza la golpea con rudeza. Cierra los ojos al sentir como la luz del sol acribilla sus pupilas. Los vuelve a abrir muy despacio, girando su cabeza a un lado para ver el reloj sobre su mesita de noche.
—¡Mierda!—farfulla y de un salto sale de la cama.
Agradece que su madre no la hubiese despertado a las ocho de la mañana, como debió haber sido, y que la dejara dormir un poco más para reponerse del trasnocho. Sin embargo, el cargo de conciencia es inmenso. Sabe