El frío de la noche restaba calidez a las luces fluorescentes que iluminaban la sala de espera del aeropuerto. Adam caminaba por el lugar con las manos en los bolsillos, como si ese gesto pudiera contener la ansiedad que lo invadía. Había llegado antes de lo previsto, a las dos y media de la madrugada, con la esperanza de que el tiempo le ayudara a poner sus pensamientos en orden. Estaba recién bañado, como si el agua y el jabón pudieran lavar los vestigios del remordimiento que sentía pegados