Apenas cruzó la puerta, la cerró con fuerza, dejando atrás el bullicio de la disquera. Pero el silencio no le ofreció paz, sino al contrario, amplificó el caos que rugía en su mente.
Se dejó caer en la silla de cuero y clavó la mirada en la pantalla de su computadora, aunque no registraba nada de lo que veía. Su cabeza era un hervidero de pensamientos conflictivos, cada uno tirando de él en direcciones opuestas. Sabía que, en unas pocas horas, Sujin llegaría. La simple idea le revolvió el estóm