Sentarse allí, al borde, a contemplar la ciudad, le brindaba paz. El silencio, combinado con la brisa que rozaba su rostro, la sumió en una especie de relajación. De repente, un pensamiento intrusivo hizo que abriera los ojos de golpe.
«Son diez pisos. ¿Y si me dejo caer? ¿Pensarán que fue suicidio o accidente?».
Apenas unos segundos bastaron para que sacudiera la cabeza con fuerza, expulsando aquella idea descabellada de su mente. Nunca había sido una persona fatalista.
Siempre que se sentía a