꧁ ISABEL ꧂
Salí del avión con la sensación de que cada paso era un pequeño milagro. Había oído el motor rugir durante horas, había dormido a ratos, con la cabeza apoyada en la ventanilla y apretando la correa de mi bolso como si ese fuera el único ancla que me quedaba. El vuelo Madrid–Nueva York me había parecido eterno y, al mismo tiempo, extrañamente breve: siete, ocho, quizás nueve horas, en las que el miedo, la esperanza y la extraña calma de quien ya no puede retroceder, se comprimieron en