꧁ ALEJANDRO꧂
Era la segunda vez en el mes que entraba en un maldito centro clínico por culpa de Valentina. Entré con el gesto apretado, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo como quien guarda un arma blanca; he odiado esos lugares desde siempre y, ese día, lo odié aún más. Odié el olor a desinfectante, esa mezcla entre cloro y colonia barata que pegó en la garganta como un recordatorio de fragilidad humana. Odié las luces blancas que dejaban al descubierto cada rasgo, cada mentira.