꧁ ISABEL ꧂
Me desperté con la bandeja todavía tibia a un lado de la cama; el aroma a calabaza asada y algo de jengibre me golpeó primero y me obligó a abrir los ojos. No tuve ganas de mirar el techo ni de contar las horas: lo único que me golpeó fue la imagen de su mirada, la forma en que me había mirado antes de irse —la mezcla de distancia que siempre traía y aquella puntual atención, rara, casi… humana—, y el hueco que dejó su marcha en mitad de la noche. ¿Por qué me dolía tanto que se hubie