Él no se enderezó en el sofá ni hizo nada que pudiera entenderse como una reacción a su cercanía, pero a ella no podía engañarla, podía ver el hambre que había en sus ojos.
Y eso hizo que su deseo ardiera con más fuerza aún, consumiéndolo todo a su paso.
Eso era lo único que importaba en ese momento. Aiko dejó de moverse cuando llegó frente a él, arrodillándose entre sus piernas y se tomó su tiempo, llevándose las manos a la nuca, arqueando la espalda para que sus pechos se apretaran contra e