La verdad era que no quería quitarle las manos de encima.
Hiroshi se retorcía de angustia.
—No nos sirvió de nada, ¿verdad? —murmuró él, pegando su boca caliente al delicado cuello y besando el latido de su yugular, tan insistente como la música. Inhalando fuertemente su dulce aroma, tan delirante y seductor como la noche.
El deseo se disparó dentro de ella, elevándola por encima de la tierra como siempre le había pasado con él, cada vez que la tocaba.
Fue dolorosamente consciente en ese ins