Varios minutos después de la partida de Matthew, el doctor cerró la puerta tras de sí y se quedó unos segundos observando a Emilia, quien seguía llorando, desconsolada. Su rostro pálido y los sollozos entrecortados llenaban la sala, cargada de un silencio tenso. El médico avanzó hasta la cama con pasos firmes, pero su mirada denotaba preocupación.
—Señora, no puede seguir así —dijo con voz serena, colocando una mano en el borde de la cama—. Este estrés no es bueno para su salud, ni para el bebé