“... La navaja rozó mi cuello.
—¡Escúchame, idiota, no se te ocurra intentar...!
De un ágil movimiento, Demián levantó su arma y disparó una vez. Cerré los ojos y contuve un grito.
Un segundo después, el hombre me liberó. Vi su mano soltar la navaja y casi al mismo tiempo, escuché su pesado cuerpo impactarse contra el suelo.
Temerosa, no me volví, aunque sabía que había muerto. Solo permanecí allí, de pie, temblando cómo una hoja.
Apenas un instante más tarde, Demián llegó hasta mí y