134. LA LLEGADA AL CASTILLO
MOLOC:
El carro que transportaba a los tres avanzaba lentamente. La empedrada senda serpenteaba entre montañas cubiertas por niebla y árboles negros, cuyos troncos parecían rostros de almas atrapadas. Sol se aferró al borde de la ventanilla del vehículo, con los dedos tensos y el corazón inflamado de frustración.
—¡Pero abuela, ese príncipe se vive burlando de mí! —siguió protestando, la voz cargada de indignación.
—Aun así, tú vas cada vez que te pide salir, ¿por qué? —le preguntó muy seria la anciana que fungía como su reina.
—Por…, ¡porque… me aburro en palacio y él me obliga a ir! —respondió, tartamudeando y poniéndose roja, incapaz de sostener la mirada de su abuela.
—¿Te obliga? —replicó la reina, mirándola fijamente, su tono profundo como un eco de juicio eterno—. Nunca lo he visto tomarte por la mano y llevarte a rastras. Lo sigues de buena voluntad. Sol, deja los caprichos. ¿Te maltrata el príncipe? ¿Es eso?
—¡No…! —negó enseguida Sol, sonrojándose aún más—. No me maltrata…,