Antes de que pueda presionarme más, la habitación da un ligero giro y una oleada de mareo me golpea de repente. ¿Qué demonios está pasando?
Recuesto la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.
—¿Está bien, señorita Mancini?—, pregunta Mario.
La cara de mi padre cambia de preocupada a alarmada en un instante. «Isa, no te ves bien. Voy a llamar al médico».
—Solo necesito un minuto—, digo, pero las palabras se me quedan espesas y pesadas en la boca. Mi visión se difumina y las voces a mi alrededor e