Melor
—Joder, Amelia.—
Ella está encima de mí, empezando a montar, y lo único que puedo hacer es mirarla.
Mis manos agarran sus caderas mientras ella empieza a moverse. Su calor me envuelve, y cada vez que se desliza hacia abajo, es como si me arrastrara más profundamente hacia algo de lo que no puedo escapar, algo de lo que no quiero escapar.
—Te sientes tan bien—, murmuro con voz áspera, casi desesperada. No estoy acostumbrado a sentirme así, tan vulnerable. Soy un hombre que domina, que toma lo que quiere, pero con Amelia es diferente. Ella es diferente.
Está tan mojada, y cada vez que se desliza sobre mí, me sumerjo en su calor. Ver mi polla desaparecer en su coño perfectamente apretado una y otra vez me vuelve loco. Sus caderas se mueven y su cuerpo se arquea. Tiene el control total, y no puedo apartar la vista de ella.
—Dios, eres preciosa—, murmuro. Y lo digo en serio: no solo por su aspecto, sino por cómo se mueve, el control que asume, el poder que ostenta.
Me excita aún más