Su actitud cambia. Ya tiene decidido su próximo movimiento. Cuando curva la boca de cierta manera y entrecierra los ojos con avidez, casi me dan ganas de reír a carcajadas al darme cuenta de lo que está a punto de suceder.
Sus ojos se clavaron en los míos. Ruth subió lentamente las manos hasta el cuello de su vestido. Desabrochó un botón, luego otro, lo justo para mostrar el encaje negro de su sujetador y la sutil curva del escote al que sabe que la mayoría de los hombres no pueden resistirse.