Intento formar las palabras, pero se me atascan en la garganta, enredadas en el placer. Finalmente, sin aliento y desesperada, logro decir: «Por favor, ¿puedo correrme?».
Hay una pausa que dura un segundo antes de oír: —Ahora—.
Cuando por fin recupero el aliento, me levanta con suavidad y me da la vuelta para mirarlo. Su expresión es diferente. Sigue habiendo hambre, pero también algo más suave. Me roza la mejilla con el pulgar, se inclina y me besa lentamente, como si me saboreara por primera