—Nada —espeta Vlad, pero hay tensión en su voz—. Ni siquiera debería contarte esto.
Aprieto la mandíbula. «Vlad, no hagas eso. No digas algo así y luego finjas que no es nada».
Me siento y me agarro al borde de la cama, clavando las uñas en la tela. —Dime qué estás pensando—.
—No hay nada que contar.—
—Vlad—
Suspiro profundamente, la frustración me recorre el cuerpo. Pero sé que cuando Vlad cierra una conversación así, no la va a volver a abrir. Al menos no ahora.
—¿Pavel y tú se van pronto?—,