Estoy frustrado, pero sé que discutir no me llevará a ninguna parte. Aprieto los dientes, mirando por la ventana mientras, allá abajo, Chicago aparece lentamente ante mis ojos.
Aterrizamos poco después. El avión rueda hacia un hangar privado donde Mario está de pie junto a un elegante coche negro. En cuanto salgo, su rostro se suaviza
—Isabella —dice—, siento mucho lo de tu padre. Era un buen hombre y te quería más que a nada en el mundo.
—Gracias, Mar —respondo con la voz entrecortada. Subo al