Entré estrepitosamente a su oficina, empujando la puerta y haciéndola rebotar en la pared. Pero extrañamente, él no pareció sorprenderle mi actitud, tampoco se alteró ni le levantó de su silla.
Solo alzó una ceja y entrelazó los dedos, mirándome con una burla mal disfrazada.
—Veo que mi dulce compra ha salido de su agujero.
Me acerqué a él con decisión. Golpeé la superficie de su escritorio, mirándolo con desprecio.
—¿Por qué está haciendo esto? ¿Le resulta divertido?
Escondió su sonrisa.