—¿Él... hizo algo que te disgustara? —preguntó suspicaz y algo molesto—. ¡Si lo hizo, yo iré...!
Negué.
—Solo... ya no quiero servirle, ya no tengo razones para hacerlo. Ya no estoy sola, acabó de encontrar a mi padre, y nada me une a él, ni gratitud ni respeto.
Increíblemente, me costó decir todo aquello. Me costó mucho.
—Además, ¿cómo puedo estar con el hombre con quien Isabela engaña a mi padre? No puedo hacerle eso...
Alan tomó mi mano.
—Dulce, tu padre te vendió —me recordó, tan dol