Esa noche, Gabriel volvió a casa durante la madrugada, cuando Adam ya se había ido. Lo escuché recostarse a mi lado y después sentí cómo me abrazaba por la espalda. Apoyó el mentón en mi hombro y expiró profundo, no había rastro de alcohol en su aliento.
No me moví, ni siquiera abrí los ojos cuando me habló al oído.
—Lamento haberme demorado, preciosa. Tuve que... reunirme con los abogados —dijo, como si fuese verdad.
Apreté los párpados y me negué a decir nada, fingí dormir. Incluso me ma