51. CONTINUACIÓN

 Mis reflejos, bendito sea el instinto de supervivencia, reaccionaron al instante. Metí reversa y aceleré, maniobrando el auto con una destreza que ni yo sabía que tenía. Por suerte —y vaya que fue suerte— no había ningún carro detrás. Pude retroceder justo a tiempo y alejarme del desastre.

 Mi corazón seguía a mil por hora, imitando perfectamente el ritmo de un tambor en plena batalla, mientras bajaba d
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