147. EL ATAQUE DE PÁNICO
Robin aprieta mis manos con fuerza, casi como si quisiera asegurarse de que no saldré corriendo. Veo en sus ojos algo que nunca había visto antes: incertidumbre. Él, que siempre parece tener las respuestas; él, que siempre mantiene la calma, ahora lucha con un dilema que parece consumirlo.
—Ema, lo que quiero decirte es… —se interrumpe, baja la mirada y suelta un suspiro pesado—. No quiero dejarte, linda. No es lo que te imaginas. Ante todo, vamos a ver a Oliver G. para confirmar si lo que yo entendí es la verdad. Por eso, permíteme no decirte nada hasta que hablemos con él.
—¡Ya te dije que no quiero saber nada! —le tomé el rostro entre mis manos, casi desesperada—. Por favor, amor, dime que no te va a separar lo que sea que hayas averiguado de mis padres. ¡Dímelo! ¡Necesito escuchar eso, Robin!
Siento cómo mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas. El solo pensamiento de que pueda existir un motivo que me haga perder a Robin me genera un profundo dolor en el corazón. No puedo evitar