Asiento temblorosamente y él se ríe. Burlón, sexy, oscuro, lleno de promesas para lo que está por venir. Y necesito más, mi cuerpo lo suplica, justo al borde de alcanzar la dicha con la que su polla me tienta más, con cada golpe.
—Ruégalo, entonces—, exige con brusquedad. —Ruega por mi dedo en tu clítoris y tal vez te lo dé—.
Saca las bragas de mi boca y trabajo mi mandíbula durante unos segundos, tratando de aliviar el dolor.
—¡Dije rogar!— grita, golpeándose contra mí y quedándose allí.
Jadeo