ELENA
Lo miré fija, atónita. —¿Qué?
—Si quieres el trato, ya sabes dónde encontrarme. Si no, aquí terminamos. Bájate de mi coche.
La grosería me golpeó como una bofetada recién dada. ¿Qué esperaba? Quería borrarle esa expresión arrogante de la cara con tanta fuerza que la palma me hormigueó de ganas.
Pero todavía se le veía pálido y agotado y la respiración no le había vuelto del todo a la normalidad.
Cualquiera que fuera el ataque que acababa de superar claramente le había consumido demasiado.