18. EL AMIGO.
Los golpes ligeros me sacaron de mis meditación.
Me asuste porque desde que vivía allí, nadie, excepto la pelirroja salvaje, había venido.
Los golpes continuaron y esta vez eran más fuertes, deje la sopa a fuego bajo y camine hasta la puerta.
—¿Quién? —pregunté indecisa.
—Ivar, abre, maldito loco.
—Ivar... No te puede atender —dije suavemente, tal vez ni me había escuchado porque se quedó en silencio todo. Estaba por marcharme cuando la voz del chico me llamó de nuevo.
—Dile que es urgente,