Capítulo 70. Donde vayamos, somos tres.
Amy Espinoza
La tarde del domingo nos recibió con una luz color miel que parecía deslizarse por cada esquina de la mansión. El auto apenas se detuvo frente a la escalinata cuando Mía, hecha un torbellino de encaje blanco y trenzas despeinadas, salió disparada hacia nosotros como si hubiera pasado años sin vernos.
—¡Mami, Max! —gritó, con la voz llena de campanitas—. ¡Ya volvieron!
Su risa resonó en el aire, un sonido tan puro que, por un momento, la agotadora jornada de la boda se borró como si