Capítulo 328. Un pacto de amor.
Adrián Soler.
El nudo de la corbata se me resistía por tercera vez consecutiva.
Mis manos, las mismas que habían sostenido premios internacionales y firmado autógrafos sin temblar ante cientos de fans gritando mi nombre, hoy parecían de mantequilla.
Solté un bufido de frustración, deshaciendo el lazo de seda azul marino y mirándome en el espejo de cuerpo entero.
Lo que el espejo me devolvía no era la imagen del Adrián Soler, el galán de moda. No. El hombre que me miraba tenía unas ojeras leves de no haber dormido por los nervios, una sonrisa nerviosa que aparecía y desaparecía involuntariamente, y una mirada que brillaba con una mezcla de terror y éxtasis absoluto.
Estaba en la habitación principal de mi nueva casa, o mejor dicho, nuestra casa.
No era una mansión de cristal y acero en las colinas de Malibú como la que tuve con Luciana, diseñada para impresionar a las revistas de arquitectura. No. Esta era una casona de estilo colonial español en Pasadena, con paredes de estuco blanco