C6: ASÍ QUE ERES TÚ.

Raihan percibió ese aroma, el olor de su compañera destinada, y su lobo interior no dejaba de repetir una y otra vez: «¡Es nuestra! ¡La hemos encontrado! ¡Es ella!»

Se quedó aturdido. Miró a su alrededor y en la habitación solo estaba Asya. No había ninguna otra mujer. Confundido, se acercó a ella. Se inclinó sobre su cuerpo, apoyando ambas manos a los lados de su cintura sobre el colchón, sosteniendo su propio peso para no aplastarla.

—Alfa... —susurró ella, extendiendo la mano con la intención de acariciar su mejilla. Sin embargo, justo antes de tocar su piel, retrajo la mano—. Quisiera tanto poder besarlo y estar con usted, pero aún no me he recuperado por completo y temo contagiarle mi enfermedad.

Raihan la observaba en silencio, pero sus mentes no estaban en la misma sintonía. Él no estaba pensando en eso; se había acercado solo para confirmar si el aroma provenía de ella. Y en ese instante se dio cuenta de la verdad: no. Llevaba meses teniendo una relación con Asya y jamás había sentido esa fragancia antes.

Ahora lo reafirmaba: el olor que le había golpeado los sentidos no era el de ella; eran totalmente distintos.

Enderezó su cuerpo y su mirada se fijó en el tubo insertado en el brazo de la mujer. Sus ojos viajaron entonces hacia la mesa. Allí, preparadas para la transfusión, descansaban dos bolsas de sangre. Estaban colocadas sobre una bandeja con paquetes de gel frío y cubiertas parcialmente con hielo, manteniendo la temperatura constante y baja necesaria para su conservación.

Raihan caminó hacia allí, tomó una de las bolsas y la acercó a su nariz. Entonces lo percibió: un aroma leve, pero que golpeó sus sentidos. Sin dudarlo, abrió el envase y la sangre comenzó a derramarse.

En ese momento, el olor desordenó todos sus pensamientos y nubló su juicio.

Asya quedó descolocada al ver la reacción de él. Observó la sangre derramada y lo miró con extrañeza.

—Alfa, ¿se encuentra bien? —preguntó—. ¿Por qué hizo eso?

Pero Raihan ya no podía concentrarse en ella. Su mente estaba nublada, dominada completamente por ese aroma que parecía perforarle la cabeza, el corazón y el alma.

Sin decir una palabra, soltó la bolsa vacía sobre la bandeja fría y se dio la vuelta, saliendo de la habitación a pasos largos y apresurados.

—¡Alfa! —llamó Asya, ofuscada—. ¿A dónde va?

Él no respondió, ni siquiera se detuvo. Al salir al pasillo, se encontró con una enfermera que, al verlo en ese estado, se alarmó. Sus ojos descendieron hasta sus manos manchadas de sangre, mostrándose inquieta.

—¡Alfa! ¿Qué ha sucedido?

—La dueña de la sangre que están utilizando para sanar a Asya —resaltó Raihan—, quiero verla. ¿Dónde está?

La enfermera, sorprendida pero sin atreverse a contradecirlo, asintió rápidamente.

—La llevaré con ella.

La mujer comenzó a guiarlo. Descendieron por una amplia escalera, cruzaron varios pasillos y finalmente se detuvieron frente a una puerta custodiada. Allí estaba D'Artagnan, el Beta de Argán.

—Alfa, ¿necesita algo? —preguntó él.

—Voy a entrar —soltó Raihan.

Antes de que D'Artagnan pudiera apartarse, Raihan ya lo estaba haciendo a un lado para empujar la puerta e ingresar al lugar. En cuanto lo hizo, el aroma lo invadió, mucho más puro y fuerte que antes. Allí estaba Asiget, amarrada a una silla.

En cuanto Raihan dio unos pasos hacia adentro, Asiget alzó la vista hacia él. No pudo sentirse sino sobrecogida ante la magnitud del hombre que tenía delante; se trataba de un varón de estatura imponente, complexión hercúlea y musculatura definida que denotaba una fuerza descomunal.

Su tez era de una palidez extrema y, lo que más resaltaba de su fisonomía, era que poseía albinismo: sus pestañas y cejas eran de un tono níveo, al igual que su pelo y el ligero vello que sombreaba su mandíbula, una barba incipiente que le otorgaba una imagen viril y maduro sin necesidad de ser abundante.

Sin embargo, lo que realmente la dejó estupefacta fue la fragancia que él desprendía. Su loba interior rugía con frenesí, agitada y eufórica, reconociendo a aquel que la Diosa Luna había designado para ella.

«¡Mi mate! ¡Mi lobo!»

Raihan avanzó hasta detenerse frente a Asiget. Se inclinó luego con elegancia peligrosa, apoyando ambas manos robustas sobre los apoyabrazos de la silla, arrinconándola y acercando su rostro hasta una distancia mínima.

Ante tal cercanía y autoridad, ella reaccionó por puro instinto encogiéndose un poco en su silla.

—Así que eres tú... —pronunció él—. Mi compañera. Mi mate.

Su rostro permanecía circunspecto, sin demostrar ninguna emoción.

—Una coja... —añadió después con un tono despectivo—. No sé cómo te atreves. ¿De verdad crees que puedes ocupar ese lugar?

Asiget tragó saliva y se quedó mirándolo. Aunque sus palabras eran de desprecio, su voz resultaba extrañamente hipnótica y sensual.

Sostuvo la mirada en aquel hombre de apariencia imponente, quedando inevitablemente atrapada en la intensidad de sus ojos azules, tan claros y penetrantes que parecían reflejar el mismo cielo.

—Yo ni siquiera sé quién eres tú —declaró ella, intrigada.

—Soy Raihan, el Alfa del Clan Argán —respondió el albino.

Apenas escuchó ese nombre, el semblante de Asiget cambió a una de horror. Era la primera vez que lo veía, pero había escuchado innumerables historias, y Aidan, en particular, no había cesado de hablar pestes sobre él.

Lo habían descrito como un ser despiadado, un lobo cruel que maltrataba a sus amantes y carecía por completo de empatía. Afirmaban que era egoísta hasta la médula, que utilizaba a los demás como meras herramientas para su propio provecho y que no dudaba en eliminar a quien dejaba de serle útil.

Para Asiget, él era el monstruo de las leyendas, y la idea de que la Diosa Luna hubiera unido su destino al de semenjante demonio la llenaba de desesperación. ¿Por qué tenía que ser precisamente él?

—Yo, en cambio, sé bien quien eres, Asiget —agregó Raihan—. Aidan te utilizó para llegar a un acuerdo conmigo a cambio de tu hermana.

Asiget sintió una punzada aguda en el pecho por la crudeza de la verdad que acababa de exponer.

Había intentado ser una buena esposa, había puesto su empeño en cumplir con su rol como Luna del Clan, en sostener a Aidan, en acompañarlo con lealtad y dedicación, incluso cuando sabía que su corazón no le pertenecía. Había sido paciente, comprensiva y, aun así, Aidan no dudó en descartarla.

De pronto, empezó a sentir dolor en el vientre y espalda baja, pero Raihan captó su atención con lo que dijo a continuación.

—Sin embargo, entiendo a Aidan. Después de todo, ¿para qué más podría servir una coja?

La indignación brotó en el pecho de Asiget. Aquella humillación era demasiado para soportarla en silencio.

—Es cierto que tengo una limitación física —replicó—, pero eso no define lo que soy ni mi valor.

—¿Quién te dio permiso para hablar? —inquirió—. No te he concedido ese derecho.

Entonces, inclinándose un poco más hacia ella, aspiró con profundidad, como si analizara su esencia misma, y su expresión cambió levemente, tornándose más compleja.

—Soy yo quien decide quién eres y cuál será tu propósito a partir de ahora. Aidan te envió para reemplazar a tu hermana, así que ahora me perteneces —sentenció.

De pronto, los párpados de Asiget comenzaron a sentirse pesados y se cerraron sin que pudiera impedirlo, en lo que su cabeza perdió toda estabilidad.

El cuerpo de Asiget cedió sobre la silla, como si toda la energía que la sostenía hubiese desaparecido de forma repentina, y aquello dejó a Raihan completamente desconcertado.

—Oye… —murmuró—. Oye, loba… ¡Asiget!

Verla así, con los ojos cerrados y el cuerpo inerte, provocó en él una sensación extraña, una de inquietud. La idea de que pudiera estar muerta cruzó su mente y aquello bastó para alterar completamente su habitual frialdad.

Entonces, comenzó a desatarla con movimientos rápidos, liberando sus muñecas y el resto de su cuerpo.

—¡D’Artagnan! —rugió con una voz potente—. ¡D’Artagnan!

El llamado no tardó en ser respondido. La puerta se abrió y su Beta apareció, sorprendido por la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Raihan ya había terminado de soltar las ataduras y cargó a Asiget en brazos.

—¡Llama al curandero y a las enfermeras! —ordenó—. ¡Que vayan a mi habitación ahora mismo! ¡Rápido! ¡Es una orden!

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