De pronto, Aidan se giró hacia sus guardias.
—Retírense —ordenó.
Los lobos obedecieron y uno tras otro fueron abandonando la alcoba en silencio. El último de ellos cerró la puerta después de salir.
Aidan se quedó mirando a Asiget, mientras ella continuaba en una postura defensiva. A pesar del agotamiento que arrastraba después de la persecución y de la caída por las escaleras, su cuerpo seguía tenso.
El pelaje plateado permanecía erizado desde la nuca hasta la cola, las orejas se encontraban pe