C25: YO NO PERDONO.
Cada nuevo azote abría más la espalda de la sirvienta, dejando heridas profundas que rápidamente comenzaron a empaparse de sangre. Las púas desgarraban la carne una y otra vez, arrancando pequeños fragmentos de piel que terminaban adheridos al látigo o cayendo sobre el suelo húmedo.
Y mientras aquello ocurría, Raihan seguía contando uno por uno, con precisión enfermiza, sin permitir que D’Artagnan perdiera el ritmo ni se detuviera.
Al llegar a los doscientos golpes, la voz de Rocío ya apenas er