El trayecto de regreso al hotel fue un nudo de sensaciones para Margaret. Aunque el zumbido en sus oídos por los gritos de Samuel todavía persistía, sentir la mano de Ethan entrelazada con la suya le devolvía el centro. Él no dijo nada; no hacía falta. Su mandíbula seguía apretada, esa tensión de hombre que ha tenido que aguantarse las ganas de destrozar a alguien, pero sus dedos acariciaban el dorso de la mano de ella con una ternura que contrastaba con la violencia vivida en la comisaría.
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