ERA SUYA…
El silencio se alargó en la casa tras el portazo de Ivy. El eco de su salida pareció resonar en los muros, dejando a Alana y Ángelo envueltos en una tensión que se sentía como un puño cerrado en el pecho. Ángelo permaneció recostado contra la pared, mientras su respiración agitada rompía la quietud.
Entonces él se centró en sus ojos un poco nublados y sus labios temblorosos.
¿Tendría miedo de él también?
Sin embargo, Alana extendió sus manos y tomó las suyas.
—Hay que hacer algo con e