EN SUS MANOS.
El aire frío de la tarde golpeaba suavemente el rostro de Alana mientras caminaba por un sendero apartado, rodeado de árboles. Había pasado todo el día sin ir a la oficina, buscando consuelo en la naturaleza, en el aire libre. Sin embargo, por más que intentara escapar de sus pensamientos, estos la alcanzaban una y otra vez, cargados de un peso insoportable. Su pecho se oprimía con cada paso, mientras las lágrimas resbalaban amargas por su rostro.
Se detuvo en seco, apoyándose en