Ella lo sintió tan cerca, su piel contra la suya, la dureza de su cuerpo masculino pegada a su espalda. El olor de Damián, una mezcla de su perfume y el jabón, la envolvió, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. Alice cerró los ojos con fuerza, deseando que aquello fuera un sueño, pero la realidad de su situación era innegable. La cama se sentía diminuta con la presencia de él a su lado, y el sonido de su respiración profunda llenaba el silencio de la habitación.
—No te hagas la dormida, Ali