Si existiera un premio al momento más incómodo del siglo… lo habría ganado esa oficina.
Sin competencia.
Ni siquiera sé por dónde empezar a ordenar las últimas veinticuatro horas. Todo se mezcla como tinta derramada:
Tienes un amigo.
Te quiero.
Pasamos una noche que todavía siento en la piel.
Y ahora… te veo caminar hacia otro.
La culpa me aprieta el pecho con uñas invisibles.
Y empeora cuando miro a Kian.
Porque no es un monstruo. No es un villano.
Es… dulce. Juvenil. Su aroma es canela.
Ca